Algo
Para tí mi hermosa, la más hermosa de todas mis madres...
Queria pedirte que me dejaras un recuerdo, algo poco, no mucho, algo chiquito que pueda guardar en mis bolsillos.
Algo que en momentos de dolor, pueda guardar entre mis dedos...
Quería pedirte en lo posible que fuera algo único y particular, algo que nadie tenga ni nadie tendrá jamás...
Quería pedirte que me dejaras algo que no te hiciese falta y que para mí, fuese irremplazable...
Quería hacerlo, pero no escuchabas ya, y yo me angustiaba delirando, mirando tus manos amoratadas, la oscilación ondulante y convulsa de tu pecho me hiptonizaba lentamente...
Dejaste de respirar y durante días anduve como zombie, como esculpida en el granito, con la cara de gárgola, los ojos hechos de rubí intenso.
Han pasado días, y trajinando en un cajón, hallé tu cepillo de pelo... pensé ¡no te olvidaste!, y ahi, en medio de la nada rompí en un silencioso llanto, con tus cabellos grisáceos prendidos entre mis dedos.
"somos dueños de nuestros pensamientos y esclavos de nuestras palabras..." Las palabras me alimentan, y por eso vuelvo a ellas, a ser esclava de mi sino...
miércoles, 23 de diciembre de 2009
martes, 15 de diciembre de 2009
El viaje
Te sentaste rascándote la cara con desgano. Te estiraste gatunamente y con ojos centellantes te hiciste un café cargado con dos de azúcar. Yo te miraba con rabia y temor. Rabia porque no mostrabas el mínimo de arrepentimiento, es más disfrutabas verme sufrir allí en la esquina, sola, llorosa y despeinada. Y miedo, miedo a decirte algo que empujara tu partida. Una excusa para abandonarme. Me levanté, como pude, aún adolorida por la paliza y te abracé iracunda como tratando de asfixiarte. Te desasiste rápido con un golpe en mi estómago y chistaste la lengua. Quería matarte, pero no sabía como. Deseaba tanto vengarme, tanto que sufrieras, deseaba verte en la miseria más absoluta, pisarte con odio, restregarme en tus heridas, reírme como loca de ti, pero no podía, aún en mi situación tan patética te amaba y no quería que te fueras. Te pregunté si querías tostadas, te pregunté si te planchaba la ropa y sacaste un pantalón y una camisa del cajón, vistiéndote rápido. Tomaste tu bolso, tu chaqueta oscura y saliste sin despedirte de mí, sin verme siquiera.
Cuando habían pasado como diez minutos, rompí en llanto junto a la ventana ya que en ese instante lo supe, lo supe y me dolía a mí, era yo la que restregaba junto a la ventana las heridas de la noche anterior y era yo la que lloraba como loca mirando como la gente en la calle era feliz, ignorando como mi mente comenzaba a desvariar y lamentándome de mi incapacidad, de mi debilidad emocional.
Junté tus cosas, las puse en las maletas, una era mía pero no importaba te la iba a regalar, como te he regalado todo en mi vida, todo. La otra era esa nueva que compramos cuando éramos felices, para irnos de viaje. Ese viaje que se fue postergando indefinidamente luego de tu cambio de trabajo. Ese viaje que era la esperanza de que me permitieras darte un hijo, un hijo para los dos, una esperanza de revivir esta relación gastada y enfermiza. Un hijo, ese que perdí y que tú habías prometido restituir. Pero tú lo veías como una cosa, casi como algo que se podía comprar en el supermercado y botar cuando ya no se necesitara, no como un ser humano.
De verdad, en un momento me daba igual que te fueras. Pensé incluso “es mejor para los dos”, “…por fin ejerceré, me compraré una casa, un auto, me iré a trabajar al poder judicial, seré feliz”, pero no pasaban diez segundos y me angustiaba el hecho de estar sin tí, aún esperaba que volviéramos a ser felices, a sentarnos en la puerta y ver pasar a la gente, reír por el solo hecho de existir y caminar de la mano bajo el sol del verano.
Pero cada día es peor, cada día estamos más lejos. Aún durmiendo bajo el mismo techo no hay tema de conversación ni hay situación de encuentro. Ni siquiera el sexo, hace meses que no me tocas, hace meses que no posas tus manos en mi espalda. El último contacto fue brutal y los hematomas parecen estar más grandes en mis manos y en el lado derecho de mi rostro.
Hoy cuando saliste y después de llorar, de armar tus maletas con rabia contenida y quejarme en silencio, me quedé pensando frente al televisor que hacer para retomar el punto en que murió esto. Mi mente no sale del viaje, del mentado viaje, del viaje planeado hasta el hastío y esperado como una sentencia por mí. Deseaba tanto mirarte junto al río, con el cabello revuelto y la sonrisa antigua, esa que añoro tanto. Pensaba en eso cuando llamaron a la puerta. Era la policía. Me preguntaron mi nombre y si te conocía. Se me heló la sangre y me maree, convulsa. Pensaron que fingía y me dejaron caer al suelo estrepitosamente. Escuché voces y luego un silencio perturbador. Me dieron agua y comenzó el periplo. Y acá estoy. Frente a ti y después de mucho tiempo estoy hablándote y tú no haces nada que indique que no me oyes, que no me escuchas. Por primera vez en mucho tiempo te quedas ahí junto a mí sin huir, sin rechazarme, sin golpearme. Te acaricio la frente lentamente y siento que se me parte el corazón. No alcancé a decirte por enésima vez que no te culparas de la pérdida de nuestro hijo. Que no importaba, que éramos jóvenes y podíamos engendrar otros. Te lo dije tantas veces y nunca dejaste de culparte. Te miro y sigues ahí sin huir más, sin dejarme con la palabra en la boca, ni de golpearme buscando tu redención. No te ví sufrir, pero sé que sufriste. Deseaba tanto este momento, pero ahora que estoy frente a tu cuerpo siento que las piernas no me responden y mi corazón va a explotar. Pensé que sería dulce, pero es amargo. Tan amargo que la boca se me seca y los ojos, me queman, las mejillas amoratadas vibran en un rojo sangre intenso. Las maletas hechas sobre la cama, y tú te fuiste sin ellas. El viaje ya no será nunca más y tendré que conformarme con los recuerdos. Esos del verano, cuando tenías el cabello revuelto y la risa antigua. Y yo era feliz, y no conocía tus golpes. Y todo era tibio y la casa no era grande ni silenciosa. No sé que haré, no sé que haré sin ti, dime ¿qué haré?...
Cuando habían pasado como diez minutos, rompí en llanto junto a la ventana ya que en ese instante lo supe, lo supe y me dolía a mí, era yo la que restregaba junto a la ventana las heridas de la noche anterior y era yo la que lloraba como loca mirando como la gente en la calle era feliz, ignorando como mi mente comenzaba a desvariar y lamentándome de mi incapacidad, de mi debilidad emocional.
Junté tus cosas, las puse en las maletas, una era mía pero no importaba te la iba a regalar, como te he regalado todo en mi vida, todo. La otra era esa nueva que compramos cuando éramos felices, para irnos de viaje. Ese viaje que se fue postergando indefinidamente luego de tu cambio de trabajo. Ese viaje que era la esperanza de que me permitieras darte un hijo, un hijo para los dos, una esperanza de revivir esta relación gastada y enfermiza. Un hijo, ese que perdí y que tú habías prometido restituir. Pero tú lo veías como una cosa, casi como algo que se podía comprar en el supermercado y botar cuando ya no se necesitara, no como un ser humano.
De verdad, en un momento me daba igual que te fueras. Pensé incluso “es mejor para los dos”, “…por fin ejerceré, me compraré una casa, un auto, me iré a trabajar al poder judicial, seré feliz”, pero no pasaban diez segundos y me angustiaba el hecho de estar sin tí, aún esperaba que volviéramos a ser felices, a sentarnos en la puerta y ver pasar a la gente, reír por el solo hecho de existir y caminar de la mano bajo el sol del verano.
Pero cada día es peor, cada día estamos más lejos. Aún durmiendo bajo el mismo techo no hay tema de conversación ni hay situación de encuentro. Ni siquiera el sexo, hace meses que no me tocas, hace meses que no posas tus manos en mi espalda. El último contacto fue brutal y los hematomas parecen estar más grandes en mis manos y en el lado derecho de mi rostro.
Hoy cuando saliste y después de llorar, de armar tus maletas con rabia contenida y quejarme en silencio, me quedé pensando frente al televisor que hacer para retomar el punto en que murió esto. Mi mente no sale del viaje, del mentado viaje, del viaje planeado hasta el hastío y esperado como una sentencia por mí. Deseaba tanto mirarte junto al río, con el cabello revuelto y la sonrisa antigua, esa que añoro tanto. Pensaba en eso cuando llamaron a la puerta. Era la policía. Me preguntaron mi nombre y si te conocía. Se me heló la sangre y me maree, convulsa. Pensaron que fingía y me dejaron caer al suelo estrepitosamente. Escuché voces y luego un silencio perturbador. Me dieron agua y comenzó el periplo. Y acá estoy. Frente a ti y después de mucho tiempo estoy hablándote y tú no haces nada que indique que no me oyes, que no me escuchas. Por primera vez en mucho tiempo te quedas ahí junto a mí sin huir, sin rechazarme, sin golpearme. Te acaricio la frente lentamente y siento que se me parte el corazón. No alcancé a decirte por enésima vez que no te culparas de la pérdida de nuestro hijo. Que no importaba, que éramos jóvenes y podíamos engendrar otros. Te lo dije tantas veces y nunca dejaste de culparte. Te miro y sigues ahí sin huir más, sin dejarme con la palabra en la boca, ni de golpearme buscando tu redención. No te ví sufrir, pero sé que sufriste. Deseaba tanto este momento, pero ahora que estoy frente a tu cuerpo siento que las piernas no me responden y mi corazón va a explotar. Pensé que sería dulce, pero es amargo. Tan amargo que la boca se me seca y los ojos, me queman, las mejillas amoratadas vibran en un rojo sangre intenso. Las maletas hechas sobre la cama, y tú te fuiste sin ellas. El viaje ya no será nunca más y tendré que conformarme con los recuerdos. Esos del verano, cuando tenías el cabello revuelto y la risa antigua. Y yo era feliz, y no conocía tus golpes. Y todo era tibio y la casa no era grande ni silenciosa. No sé que haré, no sé que haré sin ti, dime ¿qué haré?...
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